domingo, 11 de enero de 2009

Introducción: Por los aires

Año dos mil treinta y uno. La Iglesia Cristiana ha dominado el mundo tras varias expansiones vaticanas y conspiraciones internas. La censura ha hecho acto de presencia tras casi trescientos años sin intervenir, la tecnología y la ciencia se han visto seriamente mermadas, al igual que la gente de a pie está volviendo, poco a poco, a la edad media.

Empiezan a frecuentarse las desapariciones de jóvenes de edades comprendidas entre los catorce y los veinte años, nunca vuelven a ser vistos, no al menos como eran antes, y el terror es sembrado por los inquisidores y los altos cargos eclesiásticos, a cualquiera se le acusa como hereje y es capturado y, según se cree, posteriormente, torturado.

Se ha establecido un severo toque de queda mundial nada más caer la noche, entonces, los inquisidores empiezan a pasear libremente por las calles, más que por el día al menos.

Entre semejante caos, se rumorea que existe cierto grupo, algunos los califican de terroristas por sus métodos, otros de rebeldes por su oposición a la SICG y otros, de libertadores.

Se desconoce quiénes son los componentes de este grupo y su localización, al igual que su líder es un completo desconocido, sólo se sabe que los miembros de dicho grupo son gente extrañamente joven para las habilidades que poseen. Raras veces actúan abiertamente, y cuando lo hacen, se aseguran de no dejar huella alguna, ni siquiera en las escaramuzas que realizan contra las patrullas inquisidoras. Todo aquel que pretende buscarlos no los encuentra, pues ellos acaban por encontrarle a él.

La noche del veintiocho de Septiembre, en la ciudad de Londres, fue una de las múltiples misiones de este grupo rebelde. En el puro centro de la ciudad, cerca de un arsenal de la SICG.

El único objetivo que tenían era reventar aquel arsenal y dejar a los inquisidores desaprovisionados. Los edificios se alzaban altos y arrogantes sobre las cabezas de los cinco resistentes, escondidos en un oscuro callejón apenas iluminado por una farola estropeada, que parpadeaba de cuando en cuando.
Era un callejón sin salida, únicamente habitado por unas pocas ratas y un par de gatos callejeros abandonados a su suerte. En el callejón apenas cabrían dos personas anchas de hombros, a ambos lados había dos cubos de la basura a rebosar, como si ya llevasen varias semanas sin ser recogidos. Había un resistente más avanzado que sus compañeros, completamente vestido de negro, una cuchilla en la parte de detrás de la espalda, lo suficientemente accesible como para sacarla de su funda con una mano y poder defenderse decentemente. Llevaba en una mano una pequeña pistola alargada, de metal oscuro, aparentemente una aleación de hierro con algún otro material más resistente. Tenía una única palanca a parte del gatillo, y los cartuchos se cargaban por la parte trasera del cañón. Su traje, por otra banda, iba recubierto por una tela negra que lo ocultaba en las sombras, mientras que debajo de esa fachada llevaba unas férreas placas capaces de detener varias balas.

-Darren, informa de la situación.-Salió una voz masculina, seria y fría del auricular pegado a la oreja del joven noruego. Otros cuatro integrantes de la rebelión estaban con él. Todos vestidos de la misma manera, con trajes completamente negros y un casco ocultándoles el pelo, los rasgos faciales y los ojos, mediante un cristal ahumado replegable de los cascos. No se les veía absolutamente nada, sólo sus negras figuras y las armas que portaban.

-Todo despejado.-Informó susurrando al micrófono del casco, localizado delante de su boca. Acto seguido, levantó un brazo, indicando a sus compañeros que lo siguieran. Las cuatro figuras se movieron con rapidez y agilidad. Una apenas llevaba armamento, unos pocos puñales y un revólver, mientras que otra se movía sobre unos patines con muchísima rapidez y agilidad. Iba cargada con un pesado mochilón que a saber qué contenía y varias armas atadas a su cintura y piernas. Las otras dos, caminaron con ligereza, pero no de manera tan rápida como los otros dos rebeldes, sino más calmados.

-Franzis, adelántate.-Pidió de nuevo la voz. La vocecilla de una muchacha floreció de los auriculares:

-Sin problema.-Aseguró mientras se empezaba a moverse con el sigilo equiparable al de una pantera. Tardó unos pocos segundos, antes de que su voz volviese a los oídos de sus compañeros:

-Todo despejado, venid.-Empezaron a caminar de nuevo con presteza, saliendo a la calle principal iluminada por las farolas de luz blancuzca. Era una calle ancha, casi impecable menos por un par de marcas en el asfalto causa de los frenazos de algún vehículo. Se notaba que la SICG imponía orden, pues harían unos diez años, aquello estaría lleno de juerguistas por ser un viernes por la noche, y más habiendo un bar de copas en un callejón cercano y una discoteca en la acera de enfrente. Las luces de los edificios estaban encendidas y a través de algunas se podía apreciar alguna que otra silueta, hombres, mujeres, ancianos, niños... Darren miró hacia uno de los hogares, añorando lo que antaño había sido su casa antes de que los inquisidores entrasen y asesinasen a toda su familia.

-Vamos, ¡Daros prisa!-Exclamó de nuevo la exploradora que se había agazapado detrás de un banco.-¡Apenas nos faltan quinientos metros para llegar al arsenal!-Darren se llevó una mano al oído, ya que al levantar la voz, el auricular también cogió demasiado volumen.

-¡Franziska, no grites tanto, que te pueden oír!-Exclamó por lo bajo mientras avanzaba mirando a todos lados hasta la próxima sombra.

-Lo siento, pero es mi tono de voz.-Susurró a continuación mientras los otros llegaban.

-Pues entonces tendremos que salir por patas... o reventar algo, vaya.-Contestó irónicamente la muchacha de los patines, que acababa de llegar detrás del banco.

-Callaos y seguid con la misión, maldita sea.-Los regañó la voz masculina de antes.

-Sí, señor.-Contestaron los tres a la vez mientras se disponían a seguir avanzando. Continuaron con la misma metodología durante todo el trayecto hasta el arsenal, una brutal nave cupular, aparentemente de unos treinta metros de ancho y unos diez de alto, tras una enorme verja que conformaba el patio de maniobras del recinto.

Dos guardias apostados a cada lado de la puerta de la verja, con rifles de asalto comunes y corrientes. Darren al verlos, se echó a un lado, ocultándose entre las sombras, al igual que sus compañeros. A juzgar por sus uniformes, serían soldados de a pié, hombres no mutados normales y corrientes.

-Hesper, dime que te traes el M40 que reformaste el otro día.-Pidió retóricamente el fusilero mientras la muchacha sacaba un rifle despiezado en varias partes de su enorme mochila.

-¿Me tomas por una aficionada?-Preguntó la artillera mientras montaba el rifle y lo cargaba con varias balas, una pequeña modificación suya, para ahorrar tantos tiempos de recarga inútiles. Le colocó un silenciador en el cañón y le montó la mirilla telescópica. Era un rifle realmente letal si caía en las manos adecuadas. Medía casi metro y medio, el metro que consumía era del cañón, el otro medio metro, del resto del arma. Tenía unas pequeñas modificaciones en la cámara de recarga, pues le había colocado un engranaje que aumentaba su capacidad de carga en seis cargas más. Se lo tendió al joven noruego, que se cargó la culata al hombro y levantaba el cristal ahumado para acercar el ojo a la mira.-No falles, no me quedan muchas balas.-Sugirió irónicamente.

-Tranquila, nunca fallo.-Aseguró mientras apuntaba a la cabeza de uno de los guardias.

-Más te vale si no quieres que salgamos escaldados de aquí.-Sonrió Franziska mientras se cruzaba de brazos, oculta detrás de una pared.

-Callaros y dejadme hacer...-Cortó el joven, apretando el gatillo. Notó cómo el retroceso le hacía daño en el hombro, pero no se frenó y giró inmediatamente, disparando al segundo guardia, que parecía haberse dado cuenta del disparo. Observó que cuando disparó, apenas hubo ruido, y que al entrar en contacto con la cabeza de sus enemigos, las balas explotaban, haciendo un inmenso boquete en la parte trasera del cuerpo.

Ambos cayeron al suelo, con una bala de francotirador en la cabeza, mientras la sangre se desparramaba por el suelo y las vísceras manchaban la verja.-¿Una munición nueva?-Preguntó dándole el rifle a su compañera, al ver que las balas explotaban al entrar en contacto con el cuerpo de los adversarios.

-Sí, ¿Te gusta?-Preguntó mientras despiezaba de nuevo el rifle y lo metía apresuradamente dentro de la mochila.

-Demasiado pringoso.

-Pero efectivo.-Observó Franziska mirando la sangre con cierta ansiedad. Detectando las intenciones de la exploradora, Darren la advirtió mientras se bajaba de nuevo el cristal:

-Ya comerás cuando lleguemos a casa, contrólate.-La adolescente asintió y tragó saliva mientras empezaba a andar, pasando por encima de los cadáveres. Los cinco soldados llegaron al pie de la colosal estructura. Aparentemente estaba completamente desprotegida, y eso sólo hizo que se pusieran aún más tensos de lo que ya estaban.

Darren intentó abrir la puerta, pero vio que no tenía manilla para abrir. A la izquierda había una consola de comandos para introducir una contraseña.

-Genial... Doc, crees que puedes...-Señaló la consola. Uno de los otros dos asintió con un leve cabeceo. Rebuscó en una de las faltriqueras y sacó una pequeña maquinita rectangular que encendió pulsando un botón. Conectó un par de enchufes USB a la parte inferior de la consola y una serie de comandos empezaron a aparecer en la pantalla del artefacto.

-Uf... Esto me llevará un momento, necesitaremos algo de tiempo. Cubridme.-Pidió mientras sus compañeros lo rodeaban, armas en alto. Darren estaba paranoico, alerta, mirando tanto a cielo como a tierra, muerto de miedo. Sacó una de las pistolas de las fundas y apuntó a todos lados. Giró la palanca, haciendo que el agujero del cañón se volviese más estrecho y se oyese un pequeño ruidito de engranajes en el interior del arma, anunciando que acababa de cambiar de calibre.

“Esto les hará más daño, al menos dispara más rápido” Pensó para sí mirando hacia su lateral, con Hesper portando una escopeta recortada bajo su brazo. A diferencia del resto de armas, ésta no estaba retocada, aunque el fusilero estaba más que seguro de que la astuta artillera habría inventado algún tipo de munición para que resultase más letal de lo habitual... Incluso si erraba el tiro, como si su habilidad con las armas de fuego no fuese suficiente. Pasaron varios minutos que al rebelde se le hicieron horas, mientras oía el incesante pitido del hacker trabajando con su pequeña consola.

-Bien chicos, esto parece que ya está... Dejadme desactivar el sistema de seguridad y podemos entrar y reventar este arsenal.-Al oír esas palabras por su auricular, Hesper sonrió, mientras miraba a todos lados, hiperactiva. Oyeron el sonido de la puerta al abrirse.

-Venga, a reventar armas se ha dicho.-Dijo el otro fusilero que los acompañaba. Entraron dentro del enorme arsenal, una brutal planta llena de cajas con toda clase de armas. Las cajas estaban apiladas unas encima de otras, llegando a ser columnas de hasta diez contenedores de puro metal. Darren cogió la cuchilla de su espalda y destapó una de las cajas y miró su contenido con cuidado, evitando que la tapa cayese. Eran varios francotiradores, aparentemente de una gama nueva, pues tenían una especie de contador, y no llevaban recámara para municiones, sino... Una batería conectada.

-Hesper, creo que deberías de mirar esto.-Dijo en un susurro. Su compañera se acercó y miró los francotiradores, observándolos con ojos de lince.

-Francotiradores de electroimpulsos. No valen para matar, pero sí para dejar paralizados a tus objetivos... Aunque estos... Tienen algo raro...-Miró la batería que llevaba incrustada.-Olvida lo dicho, Dar, estos son puras máquinas de asesinato, en lugar de dar una sacudida eléctrica, te dan una descarga entera... De un disparo son capaces de matarte, den donde te den.-Advirtió mientras le señalaba la cifra que tenía la batería.

-Vamos, que más nos vale cargarnos esto cuanto antes, ¿Cierto?-Preguntó el fusilero mientras caminaba entre columna y columna de cajas, mirando a ver si habría algún guardia.-Franzis, necesito que mires a lo largo del pasillo.-Ordenó mientras la muchacha asentía, corriendo con velocidad y sigilo.

-Hay en total dos guardias haciendo patrulla, Darren.

-¿Qué recorrido llevan?-Preguntó en un susurro, con la pistola en alto, por si se acercaba algún guardia.

-Por lo que veo casi siempre están por el fondo, pero a veces pasan por el centro.-Informó mientras su voz sonaba en el auricular, en susurros perfectamente perceptibles.

-Entonces, creo que puedo dejarles una sorpresita.-Sonrió Hesper en un susurro mientras rebuscaba algo en su mochila.-Darren, coge la caja esta.-Señaló la que contenía los francotiradores.-Yo les dejaré un “regalito”-Emitió una risita pícara mientras sacaba varios cartuchos de dinamita con un temporizador añadido.-Franzis, ¿Cada cuánto tiempo pasan por el centro?-Preguntó mientras cogía un pequeño destornillador de una de sus botas e iba programando el reloj.

-Unos diez minutos.-Observó la exploradora desde lo alto de las cajas. Bajó agarrándose a las irregularidades de las columnas.-¿Por qué?-Preguntó, pero al ver la carga de dinamita, interrumpió: -Olvídalo.-La artillera rompió un pequeño cartucho de bala que contenía aceite en su interior y, en un papelito que pegó en la carta, escribió algo.

-Llévales esto al centro.-Le pidió a la exploradora tendiéndole la carga con el temporizador activado. Asintió y al cabo de un rato, volvió.

-Ahora, salgamos pitando.-Dijo el hacker mientras salía por la puerta.

-Adiós.-Se despidió la artillera mirando a las columnas de caja, mientras Darren cargaba a duras penas con una de las pesadas cajas de acero con los francotiradores en su interior. Cuando estuvieron todos fuera, ya habían pasado cinco minutos.

-Larguémonos a toda ostia, ¡Ya!-Susurró el fusilero echando a correr. Todos echaron a correr, menos Darren.

-¡No me dejéis solo! ¡Que no puedo con tanto peso!-Apenas daba caminado, aquello debían de ser más de cincuenta kilos de armas, más otros quince kilos de acero del contenedor. Fue caminando con lentitud, hasta que, sacando fuerzas de la debilidad, consiguió echar a correr al trote, a sabiendas de que si no se alejaba con rapidez, iba a acabar más chamuscado que el trasero de un cerdo en una barbacoa.

-¡Vamos Dar, corre, corre!-Exclamó Franziska apremiándolo cien metros más adelante.

-¡Ya voy, ya voy, maldita sea!-Gritó mientras corría exhausto por todo el peso que estaba cargando. Un minuto. Aceleró el ritmo, pero las piernas le iban fallando poco a poco, a cada paso que daba, su fuerza iba mermándose, a pesar de su excelente preparación física. Treinta segundos. Veinte. Diez. Nueve, ocho... Oyó la explosión, y a continuación, el vítor de la joven artillera, seguido de las carcajadas de ésta. La onda expansiva pareció ser un muro de piedra que se movía, pues tal fue la fuerza de la bomba, que tiró a Darren al suelo, junto a los apreciados rifles de descarga.

-Oye, Hesper, ¿qué era lo que anotaste en la bomba?-Preguntó Franziska acercándose a ayudar a su compañero a levantarse y a recoger los rifles.

-“Bum”-Aclaró la artillera acercándose con los patines a recoger también los francotiradores.

-Muy ingeniosa.-Satirizó Darren mientras volvía a cargar con la pesada caja.-Larguémonos, en nada llegarán los policías.-Advirtió mientras ya se empezaban a oír cómo los coches se iban acercando y avistaba cómo la gente a lo lejos empezaba a despertarse sobresaltada por culpa del estruendo. Empezaron a oír cómo los helicópteros de la SICG se acercaban, a ver lo sucedido. Darren echó una última ojeada a la antes enorme estructura, ahora mismo convertida en un amasijo de hierros derretida a causa de la explosión que la hizo volar por los aires.

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Relato por Drazharm.

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